miércoles, 16 de abril de 2014

Maryon Park (escenario de un crimen incierto).

Aprovechando el comienzo del ciclo de cine titulado Paradís Perdut de la Filmoteca de Cataluña en colaboración con los Amigos del Botánico de Barcelona, me gustaría compartir con vosotros una serie de artículos sobre jardines de cine (os recuerdo que en la primera entrada de mi blog hablé ya del jardín de Prospect Cottage de Derek Jarman, un jardín también "de cine", pero en cuyo artículo lo "fílmico" no era tan relevante).

Me apetece comenzar por un parque londinense que me trae muy buenos recuerdos: Maryon Park, ubicado en el barrio de Woolwich (en Greenwich, al sureste de Londres). Aquí se rodaron varias escenas de Blow up (1966), una película de Michelangelo Antonioni.


Tal y como recordaba en su monografía sobre Antonioni el crítico Domènec Font, (Michelangelo Antonioni. Cátedra, 2003) a Thomas, el fotógrafo protagonista de la película, se le advierte, por parte del dueño de la tienda de antigüedades que visita justo antes de adentrarse en el parque, que no hay paisajes, que se han vendido todos: “Ante respuesta tan lacónica, el fotógrafo decide buscar los paisajes en la realidad y no en su dimensión imaginaria. Entra en el parque vecino. En un primer momento, el fotógrafo se dedica a saltar y brincar por el parque vacío, captura palomas con su cámara… hasta que descubre a la extraña pareja entre los árboles mecidos por el viento. Dos figuras en el paisaje acercándose o separándose con las manos enlazadas  y un fotógrafo que las espía entre los arbustos”. Más adelante, con Thomas ya en su estudio de fotografía, Font menciona de nuevo: “observando nítidamente la secuencia fotográfica que él mismo ha preparado, el fotógrafo advierte que la chica del parque ha fijado la mirada hacia un punto fuera de cuadro; sigue con una lente la dirección de la mirada para descubrir entre la vegetación una mancha. El sucesivo engrandecimiento revela la mano de un hombre empuñando una pistola”.

De ahí en adelante Thomas volverá en dos ocasiones al parque para comprobar lo que, mediante ampliaciones fotográficas, ha descubierto. La primera visita es nocturna, “retiene un aura misteriosa, irreal (con los arboles meciéndose con el viento: una imagen verdaderamente espectral) y el fotógrafo puede tocar con las manos el cuerpo del delito”, la segunda sucede al romper el día y tiene un carácter diferente, “el cadáver creado por la cámara del fotógrafo ha desparecido sin dejar rastro en la hierba...”.




A la búsqueda de esos paisajes empleados por Antonioni en su film, y tomando como metodología la función en la película de las ampliaciones fotográficas (así como el carácter de este parque londinense) José Manuel Mouriño elaboró una pequeña instalación con las imágenes que en Maryon Park recogimos juntos. 

El montaje formó parte de la exposición "La intuición del hielo. Las Montañas Encantadas de Michelangelo Antonioni" celebrada en la Fundación Luis Seoane en 2010. Os muestro a continuación una pequeña muestra elaborada con algunos de los fotogramas de aquel registro, junto a una breve explicación de su autor:

video


José Manuel Mouriño: “el vídeo consiste, básicamente, en repetir el encuadre de la misma zona del jardín sobre la que Antonioni disponía esa especie de cadáver huidizo y a la que en varias ocasiones retornaba Thomas (en persona o a través de las ampliaciones fotográficas). “Nuestro” re-encuadre buscaba remedar el seleccionado por Thomas (y por Antonioni, claro). De esa breve secuencia, se elaboraron ampliaciones digitales paulatinas hasta que la imagen de la pantalla se convertía, por completo, en una superficie abstracta de píxeles desbordados…

El día que visitamos el parque para grabar esas imágenes descubrí un lugar muy parecido al de la película, sobre todo por su aislamiento (aunque parezca una obviedad, esto no siempre ocurre con los espacios en los que se rueda una película). Contaba con numerosas zonas boscosas, casi siempre en ladera, intercaladas con tramos llanos de pradera y la misma pista de tenis que también aparece en la película (incluso el viento movía suavemente el follaje de los árboles, tal y como resaltaba la puesta en escena de Antonioni -y como también recordaba Font-). 

El paseo por el jardín resultaba casi tan inquietante como en la película (en esto quizás influyese el que conocíamos bien la cinta y estábamos por ello condicionados…), era un día nublado y algo frío, el relativo abandono de algunas partes del parque también acentuaba su extrañeza. Como podéis comprobar, allí nos encontramos una atmósfera muy parecida a la que habría experimentado Thomas.


Centrándonos en el lugar de la escena del crimen: el espacio útil es reducido (césped) e irregular en su forma. Está acotado por una densa y frondosa capa de vegetación arbustiva y arbórea que se desarrolla libremente a su alrededor (puede que sólo de forma aparente) como si no se atreviese a avanzar sobre la llana cobertura de gramíneas, lo que le concedía una intimidad necesaria al lugar (una vez más, esto es lo que ocurría también en la escena del film). Sólo tres árboles aislados, a la entrada del recinto, rompen con la uniformidad de esta “alfombra verde”, desquebrajando levemente el conjunto y convirtiéndolos en elementos claves del mismo y de la secuencia del “asesinato”.  Es cierto que falta algún que otro árbol, entre ellos el que ocultaba el cadáver, y también la valla que limita el perímetro de la hierba y detrás de la cual intentaba esconderse Thomas. Pese a ello, creo que ese jardín sigue conservando algo de lo que lo convirtió en atractivo a ojos de Antonioni (aunque repito: allí nos encontrábamos, con toda seguridad, condicionados por la película).

He de confesar que Blow up no es de mis películas favoritas de Antonioni (prefiero La aventura, por ejemplo), pero sin duda aconsejo su visionado a amantes del paisajismo y de la jardinería. Esto es extensible a toda la obra de Antonioni, pero en Blow up la idea de jardín se encuentra más concentrada y tiene un peso argumental tan grande que siempre es uno de los primeros títulos que me vienen a la memoria cuando se trata de conjugar “cine y jardín”. Y por supuesto, si tenéis oportunidad no dejéis de acercaros a este lugar de un crimen (cinematográfico) nunca confirmado.